
Por culpa del Nonino
“El primer bandoneón que tuve me lo regaló mi papá cuando tenía seis años. Lo trajo envuelto en una caja, y yo me alegré, creía que eran los patines que le había pedido tantas veces. Fue una decepción, Porque en lugar de los patines me encontré con un aparato que nunca había visto en mi vida”.
La relación de Astor Piazzolla con el bandoneón no fue amor a primera vista. Obligado por su padre a estudiarlo a base de tango, esa melodía que poco lo seducía, el fueye lo fue conquistando de a poco, tanto así que con el correr de los años se convirtió en el reflejo de su alma, en algo más que su instrumento musical. “A veces pienso que es mi psicoanalista: lo empiezo a tocar y largo todo”
El tiempo, los golpes y la necesidad de ser Piazzolla y no una continuación de otros grandes del tango lo llevaron a sacar de lo más profundo de un fueye esa mezcla de tango aggiornado, esos “arreglos extraños”, esos golpes que quebraron las fronteras de la música de arrabal y por los que los ortodoxos del tango lo convirtieron en demonio y los amantes de la buena música lo festejaron a rabiar.
Los fueyes de Astor, que hicieron historia y recorrieron el mundo, hoy son un legado de incalculable valor cultural y afectivo para quienes los atesoran y para aquellos que guardan la fortuna de poder, de vez en cuando, volver a hacer suspirar el mismísimo corazón del maestro.
De los siete bandoneones que tenía Piazzolla, dos quedaron en manos de Laura, su última mujer, dos más tiene Diana, su hija, y tres guarda, como joya en su casa, su hijo Daniel.
Laura conserva el que Zita Troilo le regaló a Astor cuando Pichuco falleció. Piazzolla nunca lo toco porque era muy débil. “Es como el auto que maneja una tía a 40 km. por hora. Cuando se acelera a fondo no responde. Lo mismo me pasa con el fueye de Troilo, lo tengo que tocar suavemente. Y yo no acaricio nada (...) Yo hablo con los bandoneones. Por eso juro que una vez el fueye del gordo me dijo “¡Hay!”, creo que lo lastimé”, había dicho Piazzolla sobre la herencia del Gordo.
“Yo me quedé con los dos bandoneones de carrera, una Ferrari y un Roll Royce”, cuenta el hijo del gran compositor. Esos fueyes que los dedos de Piazzolla, a fuerza de golpes, lo llevaron a trascender las barreras del tango y a convertirse en un icono nacional. De vez en cuando Alejando Guerschberg, un bandoneonista de gran trayectoria y amigo del nieto de Astor, el baterista Pipi Piazzolla, los toca en la misma casa de Daniel.
“Esta dos a tres horas dándole de arriba para abajo”, comenta Piazzolla, y asegura que esos bandoneones están impecables, “afinados como hace 16 años”. “Son bandoneones milagrosos, o el milagroso es mi viejo que me los esta cuidando”.
La ultima reliquia que conserva Daniel es aquel bandoneón que sorprendió al inicio de su vida al Maestro. Ese que él, desde su niñez, hubiese preferido que sea un par de patines. “Por último, tengo el chiquito. Aquel que le regalo el Nonino en Nueva York”.