
Troilo: “El bandoneón Mayor de Buenos Aires”
“El bandoneón Mayor de Buenos Aires”, lo bautizó el poeta Julián Centeya y la ciudad lo adoptó como hijo predilecto. Tan difícil fue disociar el fueye de sus dedos rollizos, tan ligada quedó la melodía popular a Pichuco que el 11 de julio de 2005, con motivo de su natalicio, se declaró por ley el Día Nacional del Bandoneón.
"Mi viejo era carnicero y murió cuando yo tenía ocho años... A los diez, el fueye me atraía tanto como una pelota de fútbol. Jugaba de centrojás en el Regional Palermo. La vieja se hizo rogar un poco, pero al final me dio el gusto y tuve mi primer bandoneón: diez pesos por mes en catorce cuotas. Desde entonces nunca me separé de él”, contó Pichuco alguna vez. Esa deuda nunca se terminó de saldar. El valor, sin embargo, que dejó el Gordo impregnado en la ciudad con aroma a tango lo redimió y lo convirtió en un grande.
Los tres bandoneones que en cada función se hundían en entrañas de Pichuco, esos que lloraban tango mientras él cerraba los ojos achinados y recorría su mundo interior, fueron entregados por Zita Troilo, su mujer, poco después de su muerte en 1985. “Si bien Pichuco nunca en vida había manifestado una decisión directa, siempre tuvo preferencias. Allí estaba Astor Piazzolla, al que quería y admiraba mucho como maestro del fueye. Astor fue el primer bandoneón que entregó Zita”, cuenta Francisco Torné, sobrino nieto de Pichuco.
“De los otros dos, uno lo tiene Osvaldo Piro y el otro, el último que se entregó, quedó en manos de Raúl Garello porque había sido integrante de la orquesta de Pichuco, primer bandoneón de Troilo y a su vez su último arreglador”, recuerda Torné. Como Pichuco no podía quedar reducido a una sola orquesta, Garello dejó su legado en el Museo del Tango, en donde una vez por mes se hace una tertulia y un maestro toca el bandoneón.
“Tenía un cuarto bandoneón, que se entregó al museo de La Casa del Teatro porque en ese momento la Academia del Tango no existía”, repasa Torné. La familia no se quedó con casi nada del Gordo. “Zita consideró, y nosotros también pensamos igual, que Pichuco le pertenece a todos. Y a él creo que eso es lo que realmente más le hubiera gustado: estar entre todos”.