“ES EL ANIVERSARIO DE ALGO QUE YA FUE Y QUE HACE TIEMPO NO EXISTE ”
Por Yoani Sánchez

Yoani Sánchez es una de las 8,4 millones de personas residentes en Cuba –sobre un total de 11 millones– que cuando nacieron la Revolución ya existía. Nunca conoció el régimen de privaciones de Fulgencio Batista ni el desenfreno de los adinerados norteamericanos de visita por la isla. Tiene hoy 33 años y aprendió a leer con los libros que recomendaba el comandante Fidel Castro. Hubiera sido una mujer más entre las miles que recorren los mercados de La Habana con la tarjeta de racionamiento de alimentos que entrega el régimen castrista, si nunca se le hubiera ocurrido la idea de lanzar el blog Generación Y.
Comenzó en abril de 2007 con un resignado comentario sobre los beisbolistas, a quienes se les permitía viajar o pintar grafitis en la calle en ocasión de los play off de la serie nacional. “Un permiso temporal, del que no podremos hacer uso para otros temas. Me puedo imaginar qué pasará si una vez concluida la final cuelgo en mi balcón un mínimo papel que diga ‘sí al etanol’ o ‘Internet para todos’”, escribió.
Pero Yoani Sánchez, en lo que considera “un ejercicio de cobardía”, logró con su blog colgar millones de carteles en la Web, y explicar desde adentro “que las cosas pueden ser cambiadas”. Filósofa, casada con el periodista Reinaldo Escobar, madre de un niño cubano, fue galardonada con el premio Ortega y Gasset, y considerada una de las personas más influyentes del mundo por la revista Time.
Desde su vivienda en La Habana, tras llevar a su hijo a la escuela y esperar durante largas horas la ración diaria de comida, Yoani Sánchez levanta el teléfono y acepta conversar con PERFIL.
—¿Cuál es tu balance de estos 50 años de revolución?
—En torno a esta fecha de los 50 años, la pregunta que a mí me surge es qué estamos celebrando, si el 50º cumpleaños de una criatura viva o el 50º aniversario de algo que fue y que hace mucho tiempo no existe. Yo creo que es lo segundo. La Revolución Cubana ha dejado de ser una revolución hace mucho tiempo, cuando dejó de moverse, cuando dejó de influir en las decisiones de los jóvenes, cuando se aplaudió la entrada de los tanques en Checoslovaquia en el año ’68, muchas personas vieron morir ahí a la Revolución Cubana. Por lo tanto, lo que creo que estamos viviendo ahora es en realidad el aniversario de lo que pudo haber sido.
—¿Es la percepción de alguien que nació ya con la Revolución concretada?
—Pertenezco a una generación que nació en los años setenta y ochenta y por lo tanto no nos sentimos salvados de ningún pasado por la Revolución, porque ya nacimos con ella. Sí vimos de alguna manera su mejor momento, que fueron los años 80, del subsidio económico soviético, y también vimos la crisis económica de los 90; hemos visto de alguna manera la muerte del futuro que se nos prometió antes de que nos llegara. Entonces, te digo todo esto porque mi generación precisamente por no haber construido el proyecto, por no haber sido parte inicial de este fenómeno que es la Revolución Cubana, pues entonces es mucho más crítica y sin una mirada más objetiva y menos apasionada sobre lo que tenemos hoy. Creo realmente que lo que tenemos hoy no puede llamarse revolución, es estatismo, el gobierno de unos septuagenarios que se han quedado anclados en el siglo pasado, y que no escuchan a la gran mayoría de la población, sobre todo a las voces más jóvenes.
—¿Cómo es el día de un cubano?
—Aquí el tema de la alimentación es muy complicado; sobre todo para las mujeres que tienen el peso de cocinar, de alimentar a la familia y a los hijos, porque estamos mucho tiempo en las colas. La dualidad monetaria y la existencia de cuatro mercados racionalizados por el Estado, y de un mercado libre y un mercado negro, nos hace pensar constantemente qué vamos a comprar en cuál mercado y con qué moneda. Eso determina mucho la fatiga cotidiana de buscar el alimento. También está el tema del transporte; en el último año han tratado de mejorarlo un poco, pero colapsa todo el día.
—¿Y un día tuyo?
—Personalmente en las mañanas me levanto muy temprano, mi hijo va a la escuela, me paso la mañana desgastándome en la cola en la búsqueda del alimento, por los trámites burocráticos, y otras mil y una cosas que tenemos que hacer para poder sobrevivir cada día. Y en la tarde me ocupo de dar clases de español de manera free lance, ilegal, enseño mi ciudad a turistas, y por las noches escribo.
—¿Qué pensás de quienes dicen que en Cuba hay educación y salud para todos?
—Ese es un argumento que muchas personas dicen para que nos conformemos. Creo que el hecho de que en Cuba haya hospitales y escuelas para todos no debe ser el argumento ni la mordaza para no criticar. Ha sido un costo alto el que hemos tenido, lo hemos pagado con libertad. Es cierto que aquí hay educación para todos, pero es extremadamente ideologizada. Es cierto que mi hijo puede ir a la escuela, pero no puede tener un credo, manifestar sus preferencias políticas o ideológicas, porque eso le cuesta la entrada a la universidad, o la entrada a la enseñanza más especializada. Lo que queremos los cubanos es que se mantenga esta educación para todos, pero que no tengamos que pagar en cuotas de libertad, en cuotas de autonomía ciudadana.
—¿Qué representa para vos que Fidel Castro esté fuera del poder?
—Fidel Castro concentra en sí toda una carga simbólica e histórica, que generalmente ha sido bastante pesada de llevar para la historia de Cuba y para los cubanos. Una vez que él ha quedado fuera del poder es como si el hipnotizador de las masas hubiera dejado de hipnotizarnos desde la tribuna. Yo creo que muchas personas de mi generación sienten una sensación de alivio, de que esa figura todopoderosa, omnipresente, que hablaba durante largas horas, que decía cuántos gramos de arroz comíamos por mes, dónde se construía un centro infantil o qué atleta podía jugar en las Olimpíadas, de pronto esa persona está detrás de un televisor digitando la realidad no ya como protagonista, sino como espectador. Y eso es un cambio importante.
—¿Es un hombre querido, odiado, o ambas cosas?
—Soy de esas personas que creen, gracias a mi juventud, que el futuro y la historia dirán la última palabra sobre Fidel Castro. Pasarán los años, y algún día pues habrá seguidores de él, la historia revisará su vida, habrá criticas, habrá diatribas, lo calificarán, y todas las generaciones futuras podrán realmente acercarse sin pasión, sin odios, sin amor a la figura de Fidel Castro. Por el momento, creo que ya hemos ido dejándolo en el pasado, y confío mucho en las nuevas figuras, en las nuevas personas que puede depararnos el futuro.
—Se percibe desde afuera que Cuba está cambiando con Raúl Castro. ¿Qué percepción existe allá?
—En primer lugar, Raúl Castro es un hombre que ha heredado el gobierno de un país como si de un feudo se tratara. No fue elegido desde la votación masiva de este pueblo, y su hermano tampoco. Entonces, el hecho es que Raúl Castro está en un dilema muy difícil: por un lado tiene que introducir cambios necesarios, porque se sienten en la calle las necesidades de reforma, y por el otro no puede cambiar mucho. Porque este sistema se ha movilizado de una manera que ha soportado tantas previsiones sobre el futuro, por los trámites burocráticos y la verticalidad de las decisiones. Por eso, cambiar la mínima cosa puede arrastrar muchos otros cambios. Hasta ahora, la gestión de Raúl sólo nos ha dejado reformas muy cosméticas.
—¿Cambiará algo en Cuba con la llegada de Obama al poder?
—Hay muchas expectativas en Cuba de que con la llegada de Barack Obama al poder en Estados Unidos se pueda de alguna manera relajar o cambiar esa vieja fórmula de confrontación entre los dos gobiernos, que no ha dado prácticamente ningún resultado. Creo que estas discusiones en lo que pueda cambiar afuera y lo que eso pueda influir hacia el interior del país, es una señal de cuán poco podemos nosotros influir desde acá adentro. Ahora hay más expectativas en torno a Obama que en torno a Raúl Castro, hay más expectativas en lo que pueda venir como política exterior de los Estados Unidos hacia nosotros que lo que podamos lograr como ciudadanos al interior de nuestra sociedad. Y eso me alarma, me alarma que estemos esperando que un gobierno extranjero mueva una pieza de ajedrez y que eso nos beneficie o perjudique, y que ni siquiera nosotros nos atrevamos a mover un alfil y movernos por nosotros mismos.
—¿Es posible que el pueblo cubano motorice los cambios desde abajo? ¿Hay margen para que eso suceda?
—Tengo mucha confianza en la sociedad civil, en los individuos. Soy de la opinión de que Cuba no necesita líderes, Cuba no necesita héroes, Cuba necesita ciudadanos. Vivimos de alguna manera rodeados de un muro, no como el de Berlín, no lo podemos tumbar a mandarriazos, pero es un muro de intolerancia, de división ideológica, de censura, de control, un mundo virtual. Y yo creo que cada uno tiene que empujar el fragmento de muro que tiene adelante. Todo es muy lento, porque los ciudadanos en Cuba hemos perdido esa convicción de unirnos, esa posibilidad de creer que al mundo podemos cambiarlo. Pero poco a poco, y sobre todo en los dos últimos años, creo que se va un poco reactivando esa tendencia a saber el poder del voto ciudadano, a solicitar cosas; encuentras en la calle muchas más opiniones, más consensos en torno a los cambios. Y soy optimista, confío mucho en que un buen día la sociedad civil cubana pueda reaccionar e intentar cambiar las cosas desde las bases.
—¿Qué han logrado tu reconocimiento y el blog Generación Y en Cuba?
—Pienso que lo que ha logrado el blog y mi persona en este caso no es tanto un tema de movilización social, que no es mi pretensión, sino hacer saber a otros que tienen mi edad, y que tienen conocimientos informáticos, que hay una herramienta, y que esa herramienta se llama Internet, se llama blog, y que se puede usar cuando un individuo tiene opiniones diferentes. Eso es lo que creo que he logrado. Decir que es posible. Hay una grieta allí, al muro le ha salido una grieta y parece que esta vez no puede cerrarse.