LA LOCA LUCHA REVOLUCIONARIA DE UNOS JÓVENES BARBUDOS EN CUBA
Por Silvia Ayuso (dpa)

MAYARÍ ARRIBA, CUBA (dpa) - La lucha cuyo medio siglo de triunfo celebra ahora Cuba comenzó con un puñado de fusiles y unas pocas decenas de jóvenes "rebeldes" que hicieron de su uniforme verde olivo y las largas barbas que lucían los símbolos de una revolución que, fuente de ideales para unos y de decepciones para otros, no ha dejado a casi nadie indiferente en los últimos 50 años de la historia.

A su frente, un Fidel Castro que con una confianza rayana en la inconsciencia se atrevió a proclamar, cuando logró reunir a los primeros hombres y siete fusiles tras la dispersión de sus 81 "expedicionarios" nada más desembarcar del yate "Granma" en diciembre de 1956, ese histórico: "Ahora sí ganamos la guerra".

Aquellos que lo siguieron con la misma confianza ciega pese a lo desigual de sus fuerzas frente al ejército de Fulgencio Batista eran en su mayoría tan jóvenes como el propio Castro, quien apenas había cumplido los 30 años cuando inició los combates.

Como Arnaldo Cuzcó. Este guantanamero "de la zona campesina" había sido reclutado como combatiente clandestino de entre el movimiento estudiantil pero, como muchos de sus compañeros, se incorporó al Ejército Rebelde al ser descubierto. Tenía 15 años.

Fue destinado al II Frente, creado en marzo de 1958 y que estaba dirigido por Raúl Castro, el hermano menor de Fidel que, a pesar de sus escasos 27 años, también tenía ya una larga experiencia militar y que, en esa zona de la oriental Sierra de Cristal, adquiriría la fama de buen organizador que le acompaña hasta hoy.

"Raúl en el II Frente hizo casi un Estado. Teníamos la fuerza armada, varias columnas, un departamento de política, de construcción, de educación, de atención a campesinos, de salud... no le faltó de nada al II Frente", recuerda este militar retirado.

La comandancia del II Frente, hoy reconvertida en museo, se situó en la localidad de Mayarí Arriba, una población que, aunque hoy ha multiplicado sus habitantes, sigue estando muy aislada, ubicable sólo por unos intrincados caminos plagados, eso sí, de proclamas revolucionarias y "vivas" a Fidel y, sobre todo, a Raúl.

Unas guías muestran con orgullo la casita de madera desde donde éste organizó todo el II Frente. Llaman en ella sobre todo la atención las numerosas fotografías de la época, en las que se puede ver a un jovencísimo Raúl Castro luciendo una melena y casi siempre sonriente, pletórico.

"Era muy jovencito, muy serio y exigente, pero muy cariñoso", resume Cuzcó, que recuerda cómo ordenó "darle clase a los campesinos y prestarles sanidad con los médicos que teníamos".

Fueron precisamente acciones como esa las que les hicieron ganar el apoyo de campesinos de toda la región, sin cuya ayuda muchos de los jóvenes combatientes, provenientes de ciudades y sin conocimiento del terreno, no habrían podido sobrevivir.

Crescencio García Frías es uno de esos "guajiros" que ha vivido toda su vida en la Sierra Maestra, escenario central de los combates.

"Les llevaba comida y lo que apareciera, cuenta este campesino de hoy 72 años que asegura que en la región había un "apoyo absoluto" a los rebeldes.

Crescencio vio pasar por sus tierras, muy próximas a donde en los últimos meses de la guerra Fidel instalaría su sede, la Comandancia de la Plata, tanto al líder cubano como a combatientes como Celia Sánchez, Camilo Cienfuegos o Ernesto Che Guevara.

"No eran como los 'casquitos', las tropas de Batista que sólo hicieron maldad y crimen, ellos ayudaban a la gente, llegaban y tenían cualquier cosa y ellos se la daban", asegura.

Aun hoy en día, no resulta nada fácil llegar por el empinado y embarrado camino de cabras a la Comandancia de la Plata. Y eso que el bosque ya no es tan tupido como cuando llegaron allá los rebeldes de Fidel, destaca Luis Angel Segura, el conservador de piezas históricas del lugar, que recuerda que "la aviación nunca pudo descubrirlo".

Tras una hora larga de caminata, aparecen, poco a poco, las casitas de madera de cedro y techo de guano que conformaban el "hospital", la primera sede de Radio Rebelde y la propia casa de Fidel, que conserva la cama grande con cabecera incluida que hicieron llegar "por partes", explica Segura sonriente, y la mesa y silla desde donde el comandante escribía sus órdenes a mano.

Alicia Campeiro, nieta de Crescencio Pérez, uno de los primeros campesinos que ayudó a Fidel Castro, es uno de los muchos visitantes que recibe a diario el histórico lugar.

"Mi abuelo se unió a Fidel porque tuvo fe en su lucha, en sus ideas y proyectos", asegura esta abogada de La Habana.

Sin embargo, reconoce Zoé Grave de Peralta, no todos tenían tan clara la victoria que Fidel proclamaría el 1 de enero de 1959 en la central plaza de Santiago, el Parque Céspedes.

Con sólo 15 años, se convirtió en una de las "muchas" mujeres que llevaban avituallamiento al frente, transportaban armas camufladas y ayudaban a huir a los combatientes perseguidos.

"No lo imaginábamos. Ahora, al cabo de estos años, lo pienso y todavía no lo creo", reconoce. Para ese entonces, explica, había sidodescubierta y llevaba varios días escondida en una casa segura y, cuando oyó los gritos de la calle, pensó que la iban a detener.

"Pero me dicen sal, sal, que dicen que Batista se fue", cuenta con una sonrisa. Rápidamente, se acercó como muchos santiagueros a su plaza principal, a ver al barbudo Castro hablar desde un balcón.

"Llorábamos que parecíamos niños pequeños de la emoción que sentíamos, nos mirábamos y nos decíamos ahora sí, es de verdad. Ahora sí los mambises entraron a Santiago".